La curiosidad por conocer cosas nuevas o simplemente salir de la rutina diaria son dos de las cosas que nos pueden mover a viajar. En nuestro caso, este fin de semana decidimos salir por estas dos y por muchas más, como la necesidad de cambiar de aire y de tener un contacto con la naturaleza que nos hurtan, a los veranos levantinos del sur, con los veranos eternos. Así, como zahoríes salimos no demasiado lejos, hasta la provincia de Albacete en su zona menos manchega, donde confluyen las sierras de Segura, Los Calares del Río Mundo y de Alcaraz, entre otras. Un puñado de montes más para recorrer a pie que en bicicleta, pero en los que nuestro ansiado otoño ya ha hecho acto de presencia.

Riópar es nuestra primera parada, y la ruta escogida es, según nos dicen, de las menos escarpadas de la zona. Del pueblo hasta Riópar Viejo, el antiguo núcleo de población hoy poblado solamente por el turismo rural, donde el cementerio se eleva hasta el recinto que en su día ocupó su fortaleza defensiva. Riópar Viejo se despobló en los últimos años del siglo XX para ceder vecinos y nombre a la población que se levanta apenas unos kilómetros más abajo y que se construyó en torno a la Real Fábrica de San Juan de Alcaraz, de productos de cobre y hojalata en 1773. Un negocio que llegó a Riópar de manos de un austríaco y que se instaló para quedarse hasta hace unas décadas.

La segunda parte del paseo, el único tranquilo en bicicleta del lugar, más preparado para los circuitos deportivos a dos ruedas o para el senderismo, se la dedicamos al Nacimiento del Río Mundo. Pese al rumor que nos decía que allí hay agua, a apenas 200 kilómetros de nuestra tierra la sequía también hace mella, y quienes viven aguardan ya con ansia la lluvia y las nieves del invierno con los que los chorros exploten en una cascada de la que de momento, no hay ni rastro. Un chorro, pero de gente, llena la subida hasta las diferentes pozas y la llegan a hacer desagradable después de kilómetros sin oír más que los pájaros.

Ríopar no tiene más que monte. Un pueblo que vive del turismo rural pero al que no le da más que comida y alojamiento (caza para quienes la practiquen). Así que decidimos pasar allí solo un día y partir hacia Alcaraz, a unos cuarenta kilómetros. Es la capital histórica de la comarca, la que denomina a la sierra. Una ciudad renacentista, importante en su día, venida a menos, como su fortaleza junto a la que, aquí también, se levanta el camposanto. No hemos llegado a entrar a Alcaraz cuando cogemos las bicicletas y decidimos adentrarnos en el monte a la aventura. Una aventura no demasiado peligrosa si se tiene en cuenta que seguimos primero una carretera y después una pista forestal. El paraje de Los Batanes tiene todo lo que íbamos buscando, agua y otoño, y también lo que no buscábamos, cuesta arriba hasta alcanzar una altura de 1.200 metros.

Las choperas en las cercanías de los cauces visten de amarillo el sitio por el que pasan, y decidimos seguir, con la suerte de que no nos vemos obligados a desandar lo pedaleado, puesto que empalmando con una carretera comarcal llegamos después de unos pocos kilómetros a Vianos, un pintoresco pueblo manchego de casas encaladas y calles de hormigón desde el que iniciamos el descenso hasta Alcaraz. Volvemos a la villa renacentista y ahora si, llegamos hasta su plaza, la que recuerda la dimensión que tuvo la ciudad con tres lonjas, una de las cuales es desde su creación el Ayuntamiento, y una iglesia de la Trinidad. Un refresco en el Casino (una de las lonjas) y un repaso a las vistas antes de subir hasta el castillo, donde nos encontramos con armas de guerra medievales medio arrumbadas y rotas en lo que tuvo que ser una exposición, culmina un fin de semana que no requiere demasiado desplazamiento y que merece la pena, a solo unos kilómetros de la Vega Baja.