Me sigue impresionando la cantidad de arena que hay en el centro de la Península. Arévalo nos despide desde su castillo para poner rumbo a Medina del Campo. Buen ritmo hasta la pinada que deja paso a uno de los pueblos más concurridos de los que hemos pasado. Pero por salvar precisamente un banco de arena nos metemos en la boca del lobo. No conocía el ‘abrojo’ hasta hoy, según el diccionario una planta de tallos largos y rastrera que he odiado desde antes de saber su nombre. Las ruedas de las bicicletas se llenan de pinchas y los abrojos han hecho que una de las etapas que habíamos planificado más largas (124 kilómetros) por su ausencia de complicación, se convierta también en una de las más duras. Hasta diez cámaras hemos tenido que cambiar.

Fresco. Foto Alberto Aragón

Medina del Campo bulle preparando sus fiestas. El siguiente pueblo es Tordesillas, conocido por el Toro de la Vega que se defiende en sus balcones, e incluso en la fachada de su ayuntamiento. En Medina del Campo también preparan, ese mismo día, las vallas para los encierros. Se me pasa por la cabeza el hecho de que, apenas pasando por estos pueblos de la sierra de Madrid, Ávila, Valladolid y Zamora, te das cuenta de que no conciben sus fiestas sin festejos taurinos, algo que me hace comprender en cierto modo, sin compartir, la defensa que hacen de los toros. Hemos dejado atrás Rueda, rodeada de viñedos y bodegas donde se elaboran únicamente vinos blancos, y tras salvar el Duero en Tordesillas el paisaje vuelve a cambiar. Los pinares y las dehesas se extienden en sinuosos montículos que no llegan ni a colinas, y el camino nos lleva otra vez por una vía de servicio, en este caso de la A-6, una carretera que se convierte en la única posibilidad de circular de un lado a otro para los habitantes de los destartalados pueblos que la rodean.

Mota del Marqués muestra un perfil que probablemente no haya cambiado en siglos, y cuando se pasa por sus calles, como en muchos otros lugares de las dos castillas, la sensación es que son poblaciones fantasma, probablemente el destino de muchos de ellos en pocos años. Llegando a Villalpando, ya en la provincia de Zamora, disfrutamos de los colores de la tarde. Azul en el cielo, campos ocres, verdes, rojos… Las águilas en las torres de luz. Poco a poco, igual que vimos despertarse al sol por la mañana, lo vemos ir a dormir en una etapa que nos quedará marcada por los malditos abrojos.