Toledo es menos imperial cuando se le da la espalda sin posibilidad de volver a mirarlo porque vas cuesta arriba. Dejamos la ciudad por la Puerta de Bisagra, y las señales del camino se pierden en parte, enviando a quien las sigue, o lo intenta, entre urbanizaciones por vías de servicio de la autovía. La cosa no mejora hasta que empezamos a desviarnos por pueblos muy cercanos unos de otros, lo que da la tranquilidad de que el menos, no nos faltará avituallamiento. Un gran trecho de monte con arena en el suelo da la sensación de que nos dirigimos a la playa, y a ella vamos, a la fluvial del municipio de Escalona. El nombre de la última de sus urbanizaciones: Miragredos, avisa de lo que viene, porque casi sin darnos cuenta nos hemos metido en unas montañas que desde primera hora de la mañana teníamos delante, pero que se antojaban lejanas.

A una larga subida hasta Cenicientos, en Madrid, le sigue otra a Cadalso de los Vidrios para bajar hasta los Toros de Guisando, y de nuevo iniciar la ascensión al Tiemblo, más arriba, a Cebreros, más arriba, al albergue. Otro pinchazo nos hace perder algo de tiempo y llegamos a la meta. 100 kilómetros, justo la media diaria de este viaje, para el quinto día. Lo mejor el fresco, las vistas y por supuesto, el paisano de Cenicientos que nos ha sacado de casa una garrafa de vino hecho en la cooperativa del pueblo y que, como no, hemos tenido que probar.