Me cuenta Juan, nuestro hospedero de Villa de Don Fadrique, que quizá Miguel de Cervantes esté allí enterrado:

  • ¿No está en Madrid? – le pregunto.
  • Lo están buscando, ¿pero lo han encontrado? – Me responde con otro interrogante. –Pues eso-, se vuelve a responder sin posibilidad de interpelación.

En un momento me explica que la familia política del autor del Quijote tiene una capilla en la iglesia de la villa, y vuelve a insistir en que no hay razón para que no estén allí los cervantinos restos junto a los de su esposa. Añade que el lugar de la Mancha donde arranca la universal novela de caballería también podría ser su pueblo, como lo podrían ser otros de alrededor que se lo atribuyen. Todo esto llega después de que yo le preguntara, después de dar una vuelta por el pueblo, incluida la iglesia, la relación de la villa con la Orden de Santiago, cuyas cruces se prodigan en sus edificios. Esto me lo respondió de forma más escueta, puesto que Don Fadrique, el que le da nombre al pueblo, fue gran maestre de la orden santiaguista.

Arreglamos otro pinchazo. El tercero del viaje y el tercero de mi bici. Nos retrasa un poco la salida de la cuarta etapa más corta, 93 kilómetros aproximadamente, pero no podemos dejar de pasear un rato por Toledo y dormir allí. Abandonamos el paisaje de viñas para empezar a subir algún tímido monte que al final del día se hace algo más insoportable. Los olivares se abren paso en grandes extensiones, rodeando poblaciones como Tembleque, con una plaza mayor de estilo castellano espectacular por la que no pasa el camino pero que no hay que dejar de ver. Las pequeñas poblaciones salpican el recorrido. Son muchas y no me acuerdo de los nombres de esos lugares de la mancha, aunque en mi caso me gustaría.

El siguiente pueblo ‘grande’ es Almonacid de Toledo. La vista se va de lo alto, donde corona un monte pelado un imponente castillo digno de cualquiera de los gobernantes de los siete reinos de Juego de Tronos, al bajo, donde se ubica la espectacular cantera de una piedra suelta que se ha esparcido por la zona y que dificulta un poco el tránsito por el pie de los montes, aunque ya íbamos entrenados de los bancos de arena anteriores. No me extiendo más para dedicar algo de espacio a lo más espectacular del día: Toledo no se ve hasta que estás encima, literalmente, porque se levanta en el hoyo que forma el valle abrazado por el Tajo. Por allí entramos, por el valle, primero el Alcázar, luego la Catedral, luego toda la típica estampa toledana, que a una ciudad con tantos siglos de historia no le va mucho lo del ‘sky line’. Me doy cuenta de que es algo que hay que ver, así que os recomiendo que más pronto que tarde visitéis o volváis a visitar la capital castellano-manchega entrando por este valle.