Entre vides. Básicamente así ha discurrido la jornada de Minaya a Villa de Don Fadrique. El paisaje cambia nada más salir. El pedregal, la paja y la tierra blanca nos dan un respiro para empezar a ver árboles salpicando el horizonte y un suelo que cambia a rojizo y que parece que quita algo de calor a un ambiente en el que los grados suben a cada minuto. Vides, vides y más vides hasta El Provencio. Manuel, su hospitalero, deja su trabajo en el Ayuntamiento para salir a saludarnos y a acompañarnos hasta la salida. Nos ha visto por la ventana, cuando comprábamos fruta en la tienda de la que debe ser una de las principales plazas del pueblo.

De El Provencio a Las Mesas para dejar el juego que el camino hace entre las provincias de Albacete y Cuenca, parecido al del primer día con Murcia y Alicante. El Camino de Santiago del Sureste (el que vamos siguiendo nosotros) y el de Levante, que sale de Valencia, también se van cruzando. Dejamos el levantino en Minaya y lo recuperamos en El Toboso. Por el de Levante nos encontramos a los pocos peregrinos que siguen esta ruta, alguno con los pies tan destrozados que de momento continua sus etapas en el autobús de línea.

Una extensión enorme ¿de qué? De viñas, nos acompaña dejando a lo lejos Quintanar de la Orden para llegar hasta la Puebla de Almoradiel. Allí, la vía verde, antiguo trazado ferroviario, hace algo más llevadero el trayecto hasta la Villa de Don Fadrique en una hora donde en aquella zona no puede estarse más que durmiendo la siesta. En casa de Juan, él y Margarita nos reciben con la hospitalidad de los que viven en una tierra donde parece que nunca pasa nada y quieren tener noticias del exterior. Acaba una etapa en la que no se para de pedalear por rectas que nunca terminan y pican hacia arriba, en el caso de la más larga la que aboca en el Santuario de Santa María La Antigua de Manjavacas, de diez kilómetros.