Montealegre del Castillo se ve de otra manera con el fresco de la mañana. Las viñas son más verdes y las cuestas, son menos cuestas. El camino sale hacia Pétrola, unos 20 kilómetros en los que por primera vez nuestras ruedas pisan la tierra, y en los que tenemos la oportunidad incluso de meternos en la piel de Sancho Panza, salvando las distancias con el escudero de Don Quijote puesto que nosotros llevamos montura de dos ruedas y nuestro equipaje viaja en alforjas deportivas. Pasamos por el Parque Eólico Cuerda, bajo molinos que, de ser gigantes, habrían acabado con nosotros teniendo en cuenta las puntiagudas sombras que proyectaban sus aspas sobre nuestras espaldas al otro lado del monte.

A partir de ahí, una interminable pista de tierra blanca avisa, por si no nos habíamos dado cuenta: “Estás en La Mancha”, aunque una castilla no tan llana como yo me esperaba, al menos de momento. Las lagunas abren paso a Pétrola, una pequeña población rodeada de agua y arena en pleno corazón de España. El camino enfila desde allí hasta Chinchilla, obligando a subir a esta población, afortunadamente sin llegar hasta su castillo, para salvar los tendidos del ferrocarril que aun así cruzaremos hasta en tres ocasiones antes de pisar la capital albaceteña. La llegada a Albacete es tediosa, con unos cuantos kilómetros por un pedregal infame para ir en bicicleta, aunque los compañeros de viaje aseguran que el año anterior fue peor, puesto que a las piedras se unían los matorrales hasta la cintura que dificultaban todavía más el tránsito.

La entrada a Albacete es fea, como lo es la salida. Un trozo de camino que, de repetir, me ahorraría al menos en el tramo de Chinchilla a la Roda. El pueblo de los Miguelitos es nuestra meta, pero la traca final de sus fiestas tiene inutilizado el albergue, ubicado en la enfermería de la Plaza de Toros, y decidimos seguir. Minaya, a unos 16 kilómetros más de lo previsto, alargará un día que se va a 120 kilómetros de recorrido.