Castillo Orihuela

“Dicen los sabios que para prosperar una ciudad debe reunir las cinco condiciones siguientes: agua corriente, tierras fértiles para la siembra, un bosque cercano que proporcione leña, murallas sólidas y un jefe que mantenga la paz y la seguridad de los caminos y castigue a los revoltosos.” Ibn Abi Zar

Aunque Orihuela es un enclave poblado desde épocas remotas alcanzó su mayor esplendor a partir del siglo VIII, desde su implantación como capital de la Cora de Tudmir hasta bien entrada la Edad Media. Quizá por tener las cinco condiciones dictadas por los sabios, sumado a su posición estratégica en terreno fronterizo, fue lugar preferido por los pobladores de la época que fueron dejando en ella su impronta. Tras la Reconquista cristiana (1243) la ciudad medieval fue capital de gobernación, segunda urbe en importancia del Reino de Valencia y poco después sede episcopal. De esta última época se conservan los templos y edificios enriquecidos con los palacios del siglo XVIII que salpican el casco histórico y que suplantaron baños, mezquitas y viviendas de época islámica. Los restos de esas culturas anteriores tienen su máxima expresión en las ruinas del castillo que en otros tiempos fue hogar de señores y que luchan hoy por mantenerse en pie presidiendo el Monte de San Miguel, en cuyo llano se levanta el Seminario Diocesano en un espacio en el que probablemente esté por descubrir la ciudad visigoda de Teodomiro.

El ascenso a la antigua fortaleza de la que se conservan a la vista el parcelario y las bases de varias de sus torres puede iniciarse en varios puntos. Se asciende directamente por detrás del Seminario aunque sin prisa, la visita se completa por el sendero creado hace unos años que da la vuelta al monte y baja por el Barrio de San Antón, accediendo al mismo, por el complejo minero del Horno de Santa Matilde, por el paso del Oriolet que se usaba antes de que existieran las actuales carreteras.

El punto de inicio puede ser el mismo llano de San Miguel, junto al Seminario, aunque antes hay que ascender la empinada cuesta que lleva hasta el edificio religioso bien por el asfalto o bien por el camino empedrado junto al que se encuentra una de las ‘rejullaeras’ que fue espacio de juego para los niños de la ciudad hace décadas, cuando tirarse por un monte a modo de tobogán era más divertido que sentarse delante de una pantalla. Iniciado el camino guiado por unos escalones adecuados con maderas la ascensión a las ruinas se inicia conforme se ve un primer lienzo de muralla. Aquí la señalización empieza a ser escasa y hay que guiarse por las marcas de sendero PR (Pequeño Recorrido) pintadas de amarillo y blanco sobre la roca. En este punto quien decide seguir el camino debe pensar que no son piedras, que no son ruinas, sino que recorre un espacio que ha sido crucial en la historia no solo de Orihuela.

En los tramos donde se conserva el suelo por el que subían hace siglos los moradores de la alcazaba y quienes tenían que surtirlos de provisiones es fácil volver la vista a Uryula y pensar cómo el río bordeaba el monte, convirtiendo la fortaleza en lugar casi inexpugnable mientras que desde la atalaya se controlaba cualquier movimiento en toda la vega. No había lugar mejor, y por eso fue uno de los más importantes espacios defensivos de varias épocas. La llegada a la inexistente puerta permite comprobar que sus constructores no dejaron nada al azar. Acceso en codo, para evitar sorpresas y que el que llegaba no supiera con qué se iba a encontrar.

Los restos, aunque escasos, denotan la importancia que tuvo. Bases de fuertes torres que siguen en pie pese al abandono tras la explosión del polvorín que mató a los soldados que lo usaron como resguardo durante la Guerra de Sucesión. En la alcazaba, en lo más alto, un arco casi enterrado recuerda que hace años que no se excava en las ruinas, y los restos del gran aljibe que guarnecía a los habitantes son el lugar donde mejores vistas pueden disfrutarse. Enfrente la Sierra de la Muela, a los pies, la media luna que forma El Palmeral, a la izquierda el río, la huerta, y a la derecha la parte baja de la vega y en los días claros, el mar.

Quien visita el Castillo de Orihuela no puede dejar de dar un paseo por lo que fue su interior, por el albacar, y descubrir cuevas que emanan calor de la misma energía que desprende la tierra, las vistas y los restos de lo que en su día fue uno de los castillos más importantes de todo el Mediterráneo.

El recorrido para bajar es el mismo si se quiere volver al Seminario, aunque también se puede continuar por el camino en dirección al Palmeral y al Barrio de San Antón, pasando por encima del Rabaloche y San Isidro, disfrutando incluso de algunas vistas de los murales del Homenaje de los Pueblos de España a Miguel Hernández que cada primavera florece con gran cantidad de actividades.

 

Ficha

Dificultad: Fácil

Accesibilidad: No es accesible

Distancia: unos 3 kilómetros si se completa hasta San Antón.

Duración: Dos horas, aunque depende del tiempo que se dedique a recorrer los distintos espacios del Castillo.

 

Fotos Alberto Aragón