Probablemente muchos, sobre todo si sois de Orihuela, hayáis recorrido los veinte kilómetros que separan la capital histórica de la Vega Baja de la vecina Murcia por la orilla del Segura. Pero quizá no tantos os hayáis adentrado por los recovecos que dejan antiguos meandros y caminos rurales para visitar algunas joyas que se encuentran en ellos. Nosotros decidimos hacer una pequeña incursión en bicicleta sin llegar a Murcia, porque nos pusimos como meta subir hasta el Santuario de la Fuensanta, pero decidimos entrar por uno de esos meandros condenados por las obras de encauzamiento que dejan tan condenadas como al viejo cauce las norias gemelas de la pedanía oriolana de Desamparados, Moquita y Pando, unas infraestructuras hídricas que en caso de Moquita se remonta al siglo XIV pero que se levanta junto a su gemela desde el XVIII, según los datos que aporta el Ayuntamiento de Orihuela en su página web.

La sorpresa fue grata al encontrar que, tras la cesión de estas norias al Consistorio oriolano por parte del Juzgado Privativo de Aguas, se ha desbrozado la maleza entre la que desde hace años se escondían estas dos joyas del patrimonio etnológico de la Vega Baja. Una limpieza que permite disfrutar de las norias e incluso pasear por ellas y al menos imaginar, cómo era su funcionamiento.

Dejamos las norias para volver al cauce y discurrir por él hasta poco antes de la entrada a la capital murciana. La sequía se hace patente en el caudal del Segura, apenas un hilo de agua a su paso por varias pedanías de Murcia. Dejamos el cauce camino de San José de la Vega y Los Garres, hasta pedalear prácticamente por la falda del monte en el que tras una pequeña subida repentina se accede hasta el Santuario de la Fuensanta desde el que se pueden disfrutar unas magníficas vistas de la vega. A la vuelta decidimos llegar a Murcia y volver a coger el cauce del Segura con la torre de la Catedral al fondo. Y la sorpresa es menos grata al comprobar que la zona urbana tiene mucha más agua que la de la huerta, algo que para alguien que vive aguas abajo donde el Segura languidece, supone un considerable agravio comparativo.

El disgusto se pasa con un buen almuerzo a base de productos de temporada que hace menos costosa la vuelta en dirección a la desembocadura. Unos sesenta kilómetros que por supuesto, para hacer en un día, deben recorrerse en bicicleta.